En el recuerdo de muchos y relegado, queda ya el centro cívico de Lima, pues el cielo gris encuentra un nuevo retador. Ya sea desde la ventana de una oficina, o del asiento de un bus, caminando por la calle o simplemente parado en plena avenida. La sombra de la torre del nuevo edificio, del Hotel Westin Libertador, infunde respeto.
Erguido como un centinela de guardia y esbelto como una modelo desfilando por una pasarela, la imponente estructura brinda la elegancia y sofisticación que necesitaban las apretadas y desordenadas edificaciones del largo Javier prado.
Puedo imaginar, desde algún ascensor, como los techos de las casas contiguas se desnudan, dejando ver algo más que gatos correteando; como si fueran niños en el parque. Observo a las personas que pasan por debajo y me siento como si fuera un detective privado con información secreta, ya que los vigilo sin que se den cuenta.
El brillo del sol, abruma mi mirada y por un momento logro ser feliz, no dejo de maravillarme hasta el momento en que las puertas del ascensor se abren dejando ver, el triste camino a la salida, a la realidad.




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